Estaba harta de tanta gripe.

El frío había llegado de repente. Llevaba toda la semana despachando sin parar antitusivos, antigripales y anticatarrales. Se había quedado sola en la farmacia porque los dos mancebos estaban encamados con 39 de fiebre.

Agotada por el trabajo incesante, tal vez desequilibrada por el constante tintineo de la campanilla de la puerta, y las toses y estornudos de los clientes, se le ocurrió exclamar:

- ¿Es que a esta farmacia sólo viene gente enferma?

Cesaron por un instante todos los ruidos y pareciera que sólo se oía el pulso de tanta fiebre acumulada en tan pocos metros. Miró los ojos llorosos, las narices enrojecidas y el gesto desvalido de sus clientes y, poniendo su mejor rostro, ella misma se contestó:

- Claro que, si quisiera clientes sanos, debería haber abierto una frutería.

Y continuó expidiendo medicamentos mientras notaba que a ella tambíen le subía la temperatura.

Cuando esta mañana he ido a comprar mi tercera caja de Frenadol, la farmacia estaba cerrada.


Texto y dibujos: Cqade