Una señora con lazo rojo en el pelo.

Entró al restaurante por la puerta de la cafetería. Su aspecto era tan firme como frágil. Sólo supo -o sólo quiso- mirar su mesa, y hacia ella, precedida por la camarera, se dirigió con paso seguro no exento de languidez.

Se sentó erguida, tomó entre sus manos la carta y se puso a ojearla con evidente desinterés. Más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, su ligero sobrepeso le regalaba un cutis envidiable.

Llevaba un lazo rojo. En el pelo.


Texto y dibujos: Cqade